Las otras víctimas de la pandemia.

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Las otras víctimas de la pandemia.

28/03/2021 – Dr. Juan García Puig

Dr. Diego Real de Asúa. Médico Adjunto del Servicio de Medicina Interna en el Hospital Universitario La Princesa, responsable de la Unidad de Consultoría Bioética. Postdoctoral Fellowship en Bioética, Universidad Weill Cornell, Nueva York.

Este texto resume la conferencia que impartió el 16 de marzo 2021, en las jornadas “Saliente de Guardia”, organizadas por Alberto Caño, SJ y Carlos Gómez-Virseda, SJ. https://www.youtube.com/watch?v=vgeuUMcDJRg (conferencia de 15:30 min)

Un día estaba de guardia en mi Hospital. Era de noche, antes de descansar unas horas escuché un grito: “Por favor, quiero agua!” Era de un paciente hospitalizado.

Me vestí, me puse el equipo de protección: la bata, las gafas, el gorro, los guantes…, entré en la habitación y vi a un señor mayor con la lengua seca, intentando agarrar una botella de agua de su mesilla, sin éxito. Le ayudé a incorporarse, bebió, y dijo: “¡Gracias!”, paladeando la “S”. Apagamos la luz y se quedó dormido.

Imaginemos por un momento que nadie puede escuchar a este paciente. O peor, que escuchándole, no haya nadie que pueda entrar. Sentid, por un instante, su boca seca. Quedaros con esa sensación 8 horas. Esta distopía, por desgracia, ha ocurrido. Esta historia no es de nadie, pero es real, y todos los que en ella participan son las otras víctimas de la pandemia.

En el año 2000 un profesor de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins analizó el fenómeno del error médico desde el punto de vista del profesional que lo comete. Con el término “segunda víctima” el Prof.

Albert Wu quería describir a aquellos profesionales que, después de cometer un fallo importante, sentían que habían fracasado, dudaban de sus habilidades clínicas y llegaban a cuestionar si se habían equivocado de carrera. Este daño emocional no sólo aparece al cometer un error evitable. Las dudas también aparecen cuando el profesional no puede realizar correctamente su trabajo; por ejemplo, si las circunstancias se lo impiden. En el caso de la COVID-19, desgraciadamente, muchos profesionales, sanitarios y no sanitarios, hemos conocido de primera mano a víctimas de la pandemia. Y nos acordamos especialmente de aquellos que nos han dejado, en soledad.

Sin embargo, hemos dedicado menos tiempo a las segundas víctimas. Hoy quiero hablaros de las “segundas víctimas”. Aunque mi perspectiva es la de un médico de hospital, creo que muchas de estas reflexiones son compartidas por profesionales de cualquier estamento sanitario y no sanitario que ha estado directamente implicado en esta pandemia.

¿Cómo ha afectado la pandemia a la relación médico-paciente? ¿Cómo hemos tenido que cambiar nuestra manera de relacionarnos con los pacientes, con sus familiares, con los fallecidos? ¿Qué ha ocurrido en este equipo que formamos pacientes y profesionales?

En este momento de mascarillas y distancia social hay dos ideas comunes a todas estas preguntas: el sentimiento de aislamiento y el de abandono.

Pensemos primero en los pacientes ingresados. Muchos han tenido que permanecer recluidos en una habitación, atendidos por equipos de enfermería que entraban cada cierto tiempo.

Imaginemos la distancia que hemos tenido que interponer con los pacientes: el traje, el equipo de protección individual (EPI) que nos hace irreconocibles; es difícil intuir quién está dentro … los protocolos de trabajo aconsejan reducir en lo posible la permanencia en las habitaciones. Los guantes minimizan, que no eliminan, el poder curativo del tacto.

La estética COVID nos ha hecho dejar en la cuneta besos y abrazos. Si esto nos pesa en el día a día, cuanto más a los pacientes que han pasado la mayor parte del día solos, quizás con un miedo paralizante ante lo que les podría ocurrir en las horas siguientes, quizás preocupados por los que estaban fuera…

El COVID no sólo ha interpuesto una dura barrera estética y emocional entre los pacientes ingresados y el mundo. Ha tenido consecuencias físicas importantes para los pacientes. En los primeros meses de pandemia, cuando sólo atendíamos a pacientes con COVID-19, la carga de trabajo era tan brutal que los profesionales tuvimos que dirigir nuestra atención, exclusivamente, hacia los afectados por esta enfermedad. El rato que pasábamos en las habitaciones se redujo a “¿tos?”, “¿ahogo?” y pocas preguntas más. Los problemas o las dolencias no-COVID tuvieron que postponerse. No tengo duda de que algunos diagnósticos importantes se han podido demorar por esta presión asistencial.

Más aún, la soledad y el aislamiento llevaron a la inmovilidad de muchos pacientes, dificultando su recuperación. La inmovilidad está directamente ligada a la aparición de otras complicaciones intrahospitalarias, el “otro precio” de los ingresos, conocidos como síndromes geriátricos: la confusión, el delirio, la pérdida de masa muscular, las incontinencias… Y es que al no haber nadie que les acompañase, muchos pacientes no podían coger la botella de agua, ir al baño, o levantarse del sillón sin riesgo de caerse. El aislamiento del paciente ingresado, y la obligada distancia interpuesta por los profesionales, ha podido suponer, para las personas ingresadas por COVID, algo peor que la propia enfermedad.

Los familiares de los pacientes ingresados también han sido víctimas de la pandemia. En los primeros meses, de máximo aislamiento, aparecieron muchas iniciativas para conectar a los pacientes con la gente de fuera. Hay que reconocer el trabajazo del personal sanitario – enfermeras, médicos, auxiliares, celadores, religiosos, …- para utilizar cartas, móviles, tablets, y otros instrumentos de comunicación, que acercase, que conectase a las personas de ambos lados del “muro” que supone el ingreso en un hospital.

Hay dos grupos más de pacientes a los que tenemos que nombrar: los muertos y los que no vinieron al hospital.

A los primeros les hemos llorado en público y en privado. He de decir que al poco de comenzar la primera oleada surgieron, en la mayoría de los hospitales, protocolos para el acompañamiento de pacientes en situación grave, que todavía perduran.

Los segundos son aquellas personas con problemas médicos crónicos distintos a la COVID-19. Aislados en sus domicilios, sin poder pedir ayuda, o sin que la ayuda

pudiera ser efectiva. Muchos vieron retrasada su asistencia por el colapso del sistema. Y su salud empeoró. Este grupo constituye una auténtica segunda oleada de pacientes, cuyas dimensiones todavía no hemos terminado de vislumbrar.

Como veis, el impacto y las consecuencias del aislamiento han sido y son devastadoras.

El otro protagonista de mi historia es el abandono; el abandono del gran colectivo de profesionales que hemos atendido directamente a los enfermos.

Los aplausos iniciales fueron muy emotivos y animadores. Pero … ¿luego qué …? Los profesionales sanitarios hemos estado expuestos a múltiples frentes de presión y riesgo físico: insuficientes medidas de protección, recambio profesional limitado, sustitución inicial de la fuerza de trabajo por profesionales en formación, protocolos cambiantes, falta de coordinación institucional… unido a la dificultad, a veces a la imposibilidad, de hacer bien lo que mejor hemos aprendido: cuidar.

Y es que, en ocasiones, el profesionalismo de los sanitarios ha rayando en el heroísmo.

El apelativo tiene una parte de cumplido, pero muchas veces detrás del mismo se oculta no sólo la admiración por un colectivo, sino también la incompetencia de una administración institucional o supra institucional que no ha sabido evitar la sobrecarga, ni gestionar la coordinación de recursos entre hospitales durante meses y meses. En los primeros momentos de la pandemia los profesionales recibimos tan solo

apoyo de la base, de los demás estamentos sanitarios y de nuestros compañeros.

En la parte inferior de la cadena profesional hay otros abandonados que también merecen citarse: los estudiantes de grado (medicina y enfermería). Algunos, con prácticas interrumpidas o semestres “en blanco”; otros incorporados a la “rueda”, trabajando como el que más para sacar adelante a todos los pacientes posibles.

Este recorrido por las otras víctimas de la pandemia ha sido un viaje entre el aislamiento de los pacientes y el abandono de los profesionales. A muchos les parecerá triste. A mi, también. Pero hemos aprendido que otra manera de cuidar es posible, esforzándonos por hacer los hospitales más humanos, y lo hemos logrado. –“La Princesa”– participó con distintas propuestas para hacer del hospital un sitio amable, más cercano. En este proyecto han participado otros hospitales de nuestro país, como el Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza, y creo que, además de las bondades de cada centro, refleja un cambio de cultura.

Casi 10 años después del trabajo del Prof. Albert Wu sobre las segundas víctimas, otro equipo investigador caracterizó las fases por las que transitaban los profesionales que habían cometido un error para “salir del pozo”. Las dos últimas eran: la aceptación y pasar página. ¡un paso inmenso!

Quiero pensar que muchos profesionales hemos vuelto a poner la atención en el cuidar. Quiero creer que estamos más cerca de conseguir que no haya pacientes suplicando “¡agua!” por la noche. Este es mi pequeño homenaje a todas estas segundas víctimas que, sin ser héroes, ángeles o mártires luchan por seguir adelante. También a las que lo intentan, a los que abandonaron, y a los que siguen en ello. ¡Gracias!

Dr. Diego Real de Asúa. Médico Adjunto del Servicio de Medicina Interna en el Hospital Universitario La Princesa, responsable de la Unidad de Consultoría Bioética. Postdoctoral Fellowship en Bioética, Universidad Weill Cornell, Nueva York.

Prof. Juan García Puig, Medicina Interna, Hospital Universitario QUIRON.

Catedrático Emérito del Departamento de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Móvil: 699 91 92 24. juangarciapuig@gmail.com

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