Morir en un vacío de liderazgo

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Morir en un vacío de liderazgo

01/11/2020 – Dr. Juan García Puig

Texto adaptado de un Editorial de la revista The New England Journal of Medicine, firmado por los EDITORES (The Editors; “Dying in a Leadership Vacuum”; N Engl J Med 2020 Oct 8;383(15):1479-1480. doi: 10.1056/NEJMe2029812).

La enfermedad Covid-19 ha desencadenado una crisis en todo el mundo. Esta crisis ha puesto a prueba el liderazgo. Sin medidas adecuadas para combatir este nuevo patógeno, los diferentes países se han visto obligados a adoptar decisiones difíciles. Aquí, en los Estados Unidos (EE.UU.), nuestros líderes han fracasado ante este desafío. Se vieron ante una crisis y la han convertido en una tragedia.

La magnitud de este fracaso es asombrosa. Según el Centro Johns Hopkins de las Ciencias de sistemas e Ingeniería, EE.UU. lidera el número de personas afectadas por la Covid-19 y de muertes debidas a esta enfermedad, superando con creces los números de países mucho más grandes, como China. La tasa de fallecidos en este país es más del doble que la de Canadá, supera a la de Japón en casi 50 veces, un país con una población vulnerable y anciana, e incluso a la de paises con ingresos medios como Vietnam en casi 2000 veces. La Covid-19 supone un desafío abrumador y son muchos los factores que contribuyen a su gravedad. Pero uno que podemos controlar es cómo nos comportamos. Y en los EE.UU. nos hemos comportado mal de form consistente.Sabemos que lo podíamos haber hecho mucho mejor. China, ante el primer brote y tras un retraso inicial, eligió el aislamiento y una cuarentena estricta. Estas medidas fueron rígidas pero efectivas. Eliminaron la transmisión en el punto donde comenzó el brote, lo que redujo la mortalidad a 3 casos por millón de habitantes, en comparación con más de 500 por millón de habitantes en los EE.UU. Algunos países con relaciones e intercambios con China mucho mayores que la de los EE.UU., como Singapur y Corea del Sur, comenzaron a hacer pruebas para detectar la infección muy pronto, junto con la detección de contactos y aislamientos adecuados, de forma que tuvieron brotes relativamente pequeños. Nueva Zelanda ha implementado estas mismas medidas, lo que asociado a su ventajas geográficas, le ha permitido casi eliminar la enfermedad. En general, no solo muchas democracias lo han hecho mejor que los EE.UU., sino que también nos han superado en varios órdenes de magnitud.

¿Por qué los Estados Unidos ha manejado tan mal esta pandemia?

Hemos fracasado en casi todos los aspectos. Tuvimos muchos avisos y advertencias, pero cuando la enfermedad llegó fuimos incapaces de hacer las pruebas necesarias con eficacia y no pudimos proporcionar ni siquiera el equipo más básico de protección personal para los trabajadores sanitarios y el público en general. Y seguimos estando muy por detrás de los niveles adecuados de pruebas que se deben realizar. Si bien el número absoluto de pruebas ha aumentado sustancialmente, la variable más útil es el número de pruebas realizadas por persona infectada, un cociente que nos sitúa en los umbrales de la lista internacional, por debajo de lugares como Kazaquistán, Zimbabwe y Etiopía, países que no disponen de la infraestructura biomédica o de fabricación que tenemos en EE.UU. Además, el no haber implementado recursos para desarrollar la infraestructura necesaria ha ocasionado que los resultados de las pruebas en EE. UU., a menudo, se retrasaron mucho, de forma que los resultados eran inútiles para el control de la enfermedad.

Aunque tendemos a centrarnos en la tecnología, la mayoría de las actuaciones y medidas con gran repercusión no son complicadas. Los EE.UU. promulgaron cuarentenas y aislamientos de forma tardía e inconsistente, a menudo sin ningún esfuerzo por hacer cumplir estas medidas, una vez que la enfermedad se había extendido en muchas comunidades. Nuestras reglas sobre el distanciamiento presencial en muchos lugares han sido indiferentes, en el mejor de los casos, y se ha iniciado la relajación de las restricciones mucho antes de que se lograra un control adecuado de la enfermedad.

En gran parte del país muchas personas no usan mascarilla, en cierta medida porque nuestros líderes han declarado abiertamente que las mascarillas son herramientas políticas en lugar de medidas eficaces para el control de la infección. El gobierno ha invertido mucho en el desarrollo de vacunas, pero su retórica ha politizado todo y ha generado una desconfianza pública creciente.

Estados Unidos abordó esta crisis con enormes ventajas. A una inmensa capacidad de fabricación, contamos con un sistema de investigación biomédica que es la envidia del mundo. Tenemos una enorme experiencia en salud pública, políticas de salud y biología básica, y de forma consistente hemos sabido convertir este conocimiento en nuevas terapias y medidas preventivas. Y gran parte de ese conocimiento reside en las instituciones gubernamentales. Sin embargo, nuestros líderes han optado en cierta medida por ignorar e incluso denigrar a los expertos.

La respuesta de los líderes de nuestra nación ha sido sistemáticamente inadecuada. El Gobierno federal ha abandonado en gran medida el control de la enfermedad a los estados. Los gobernadores han tenido respuestas heterogéneas, no tanto por partido al que pertenecen como por su competencia. Pero cualquiera que sea su competencia, los gobernadores no disponen de las herramientas que Washington controla. En lugar de usar esas herramientas, el gobierno federal las ha menospreciado. El Centro para el Control de Enfermedades y Prevención (CDC, Atlanta), que ha sido la organización líder mundial en la respuesta a las enfermedades, ha sido descapitalizado, habiendo sufrido desafíos dramáticos y errores políticos. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) han desempeñado un papel clave en el desarrollo de las vacunas pero han sido excluidos de muchos procesos cruciales en la toma de decisiones. Y la agencia que controla la aprobación de fármacos en los EE.UU (FDA) ha sido vergonzosamente politizada, de forma que sus respuestas más parecen responder a la presión de la administración que a las evidencias científicas. Nuestros líderes actuales han socavado la confianza en la ciencia y en el gobierno y han causando un daño que ciertamente perdurará más que sus vidas. En lugar de confiar en los expertos, la administración se ha apoyado más en “líderes de opinión mal informados” y charlatanes que ensombrecen la verdad y facilitan la diseminación de mentiras descaradas.

Seamos claros sobre las consecuencias de no adoptar incluso medidas simples. Un brote epidémico que ha afectado de forma desproporcionada a comunidades de color ha tenido como consecuencia mayores tensiones sociales asociadas con la desigualdad. Muchos de nuestros hijos han interrumpido su escolaridad en momentos críticos para su desarrollo social e intelectual. El arduo trabajo de los profesionales de la salud, que han empeñado su vida en esta epidemia, no se ha valorado suficientemente. Nuestra líderes actuales se enorgullecen de la economía, pero mientras la mayor parte del mundo parece abrirse tímidamente, los EE.UU todavía padecen tasas de enfermedad que han impedido la reapertura de muchas empresas, con la pérdida de cientos de miles de millones de dólares y millones de puestos de trabajo. Y más de 200.000 estadounidenses han muerto. Algunas de las muertes por Covid-19 eran inevitables. Pero aunque es imposible proyectar con precisión el número de vidas adicionales perdidas por las políticas débiles e inapropiadas del gobierno, es previsible que se produzcan al menos decenas de miles en una pandemia que ya ha matado a más estadounidenses que cualquier conflicto desde la Segunda Guerra Mundial.

Cualquiera que haya causado muertes de forma imprudente o haya malgastado el dinero público debería sufrir consecuencias legales. Nuestros líderes han reclamado en gran medida inmunidad para sus acciones. Esta elección Presidencial nos ofrece la oportunidad de emitir un juicio. Es probable que muchas personas no estén de acuerdo con las diversas posiciones políticas de los candidatos. Pero la verdad no es ni liberal ni conservadora. Cuando se trata de responder a la mayor crisis de salud pública de nuestro tiempo, nuestros líderes políticos actuales han demostrado ser peligrosamente incompetentes. No debemos ser cómplices, ni permitir que haya miles de muertos de estadounidenses adicionales, tolerando que sigan en sus puestos de trabajo.